Revista
Digital Independiente Impulso Cultural | Número 1
| Octubre-noviembre de 2003
Contracultura, Cultura de Masas y Los mass media como agente
de difusión de la cultura de tipo
“homogéneo”
Juan José Macías




(primera parte)
Los invito a hablar de Contracultura, a comenzar por picar piedra
en un tema que —seguro, seguro—, tiene carácter de escabroso por parte de
nuestras preclaras instituciones. La Contracultura, muestra de agrupadas
voluntades que van contracorriente con la llamada Cultura Institucional
y que, desde nuestra postura de gestores culturales, debemos saberla, analizarla,
esto es: entender y comprender amplia y profundamente su importancia y sus
impactos.
Sin embargo, en contra y a caballo la Contracultura
corre también respecto de la llamada Cultura de Masas que los medios
masivos de información (los mass
media) han tratado de erigir como una cultura homogeneizada, en la que
la oferta y la demanda son su mejor catalizador, dando así “únicamente al
público lo que desea o, peor aún, siguiendo leyes de una economía fundada en el
consumo y sostenida por la acción persuasiva de la publicidad, sugieren al público
lo que debe desear”.[i] (Los promotores culturales deberíamos
entresacar de los mass media los mecanismos para la creación de
nuevos públicos, dado que también creen profundamente en la idea de que ellos
son portavoces de lo que a la sociedad más le conviene, y ya te quiero ver
entre legos y egos).
De lo gregario de la Cultura de Masas, sin ponernos
tampoco del lado de la aristocracia cultural, podemos referir que,
aparte del cómic y las canciones populares, hasta la pornografía es
representativa. (En nuestro país la pornografía se ha instalado en el cómic, y
matiza las canciones que reseñan historias de cornudos
en las letras de la música norteña.) El fenómeno es impresionante en tanto que
envuelve a todo el país, por lo que incluso puede destruir las características
culturales propias de cada grupo étnico: ya no dudo que hasta los Huicholes —por ejemplo—, se estimulen con el chisme de la
boda de una actriz de telenovelas o cante las peripecias de los
narcotraficantes de moda con las mal sonadas notas de Los tigres del norte.
Porque lo que interesa a los mass media,
según Humberto Eco, es de alentar “una inmensa información sobre el presente”
y con ello “entorpecer toda conciencia
histórica”, amén —agregaría yo—, de crear modismos lingüísticos y con ellos
desvirtuar nuestro idioma. Ya tendremos ocasión para hablar más profusamente
sobre este prodigio subsidiario de los medios de comunicación masiva, como el
periodismo desde sus diferentes vehículos expositivos, que hace uso de frases
como: “fulano se ganó un reconocimiento a nivel nacional”, o “mangano está haciendo cultura a nivel municipal”.
Falta nada más que se diga que dos se dieron un beso “a nivel novios”.
(Con este tipo de expresiones ni que negar que las blasfemias y mucho menos las
incorrectamente llamadas “malas palabras” son el caro ornato de nuestro idioma
castellano).
La pregunta se resuelve inmanente: ¿qué papel
deberemos jugar los gestores y promotores culturales frente al fenómeno de la
Cultura de Masas, cuando se habla del reconocimiento y el respeto al pluralismo
y al multiculturalismo? Adelanto que no nada más —creo yo— el de emprender el
rescate de tradiciones que por alguna ciencia que se nos oculta el mismo pueblo
ha desechado (lo traigo a colación porque es sabido que en muchas comunidades
se cree que precisamente eso es el trabajo de un promotor cultural: hacer, en
aras de la recuperación de nuestras más nostálgicas tradiciones, que una
muchachita continúe portando nuestro mexicanísimo
rebozo cuando que desea mejor un muá strapples o un fiú
corselete).
La
pregunta queda en el aire mientras no estudiemos a fondo las tendencias de la cultura dominante; cultura tutelada
no nada más por los mass media, sino
también por las instituciones que (valga la tautología) todo lo
institucionalizan: desde la revolución, la virgen de Guadalupe y la indigencia
interior. Y es, precisamente, contra la cultura dominante, institucionalizada,
dependiente del sistema, que nace la Contracultura, natural y sencilla en su
modo de encontrar nuevas señales de identidad. Y más allá del respeto y el
reconocimiento a la multiculturalidad, deberíamos comprender
con sabiduría crítica el fenómeno del que emergen los chavos
banda, los rockers, los darketas,
como en el siglo veinte los pachucos, los rebeldes sin causa, los jipitecas y los punks. No
quisiera colocarme del lado de los intelectuales pero —hay que decirlo—los movimientos
de vanguardia como el Dadaísmo y el Surrealismo nacieron de un impulso
contracultural, y que la evolución del espíritu iconoclasta de los artistas de
vanguardia ha traído a nuestros días el beneficio siempre escapista de una
nueva tradición: la tradición de la ruptura; esto es, la
posibilidad de volver hacia el pasado, no para canonizarlo, sino para servirnos
de él en el presente con solución de continuidad en el futuro. No existe
ruptura sin tradición, pero sin ruptura no existiría movilidad, desplazamiento
hacia lo que siempre queda por conocer. Arriesgo a decir, entonces, que muchas
de las expresiones culturales subterráneas que estamos experimentando hoy (de
lejitos porque nos creemos con clase) también forman parte de una cultura viva,
desdeñada por los aristócratas de la cultura institucionalizada o los gregarios
de la cultura de masas. Un análisis de la Contracultura de hoy no es, por
supuesto, una empresa fácil, mientras no nos sacudamos de nuestros prejuicios
de hacedores de alta cultura y sigamos siendo irresponsablemente acríticos frente al fenómeno de la cultura homogeinizante promovida por los mass
media. Un libro como La contracultura en México de José Agustín es
lo bastante iluminador en lo que respecta a la historia y el significado de
este movimiento —que no ha cesado por más que queramos ignorarlo, y que continúa
vigente toda vez que el Arte, con mayúsculas, ha entrado en una dinámica
establecida (fundada en el consumo y para el consumo), por un mercado que prohíbe
todo escape hacia nuevas y más frescas experiencias (como ocurría por los años
cuarenta en que grupos de resistencia como el de la “Ruptura”, integrado por
Manuel Felguérez, Lilia Carrillo o Fernando García
Ponce, entre otros, se enfrentaban contra lo establecido. Pero como siempre, el
mercado vuelve canónico lo iconoclasta, lugar común lo que antes fue vital y
novedoso).
Por supuesto, no intentaré aquí agotar el tema, no
podría; sé que sólo he lanzado pelotas a la red, pero prometo por mero pundonor
y placer puro, hacerlo algún día de estos; en todo caso anhelaría que lo anterior
expuesto se ubicara en una zona real de polémica o que al menos funcionara como
provocación para que, de manera individual o colectiva, nos infiltráramos más
en él. Todo lo dicho anteriormente en cierto modo es adscribible
y sobre todo documentable. Los remito a Humberto Eco,
a su libro Apocalípticos e Integrados de donde desprendo la siguiente
proposición acerca del tema que apenas he esbozado, y con el que, hasta nuevo
aviso, doy por concluidas estas rápidas y breves reflexiones:
Los mass
media se presentan como el instrumento educativo típico de una sociedad de
fondo paternalista, superficialmente individualista y democrática,
sustancialmente tendiente a producir modelos humanos heterodirigidos.
Llevando más a fondo el examen, aparece una típica “superestructura de un
régimen capitalista”, empleada con fines de control y de planificación coaccionadora de las conciencias. De hecho ofrecen aparentemente
los frutos de la cultura superior, pero vaciados de las ideologías y de las
críticas que los animaba. Adoptan las formas externas
de una cultura popular, pero en lugar de surgir espontáneamente desde abajo,
son impuestas desde arriba (y no tienen la sal, ni el humor, ni la vitalidad y
sana vulgaridad de la cultura genuinamente popular). Como control de masas,
desarrollan la misma función que en ciertas circunstancias históricas
ejercieron las ideologías religiosas. Disimulan dicha función de clase
manifestándose bajo el aspecto positivo de la cultura típica de la sociedad del
bienestar, donde todos disfrutan de las mismas ocasiones de cultura en
condiciones de perfecta igualdad.[ii]
Pero claro, en virtud de que cualquier ciudadano puede
participar con igualdad de derechos en la vida pública, en el consumo y en el
disfrute de las comunicaciones, habrá que hacer también una defensa de la
cultura de masas.
Y como era costumbre en la historieta del popular Memín Pinguín (que no Pingüín como suele bautizársele) esto continuará: busque la
segunda parte en el próximo número de esta revista (además lo invito, lo
exhorto, lo reto, a mandar textos sobre Contracultura y Cultura de Masas. ¿Le
entra?).
Notas:
[i] Humberto Eco: Apocalípticos e
Integrados. Editorial Lumen, Tusquets editores,
México, 2003, p.57.