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EDITORIAL
Después de 133 años sin relaciones diplomáticas entre México y el Vaticano, éstas se han reanudado, previas reformas constitucionales, y la correspondiente designación del personal diplomático respectivo.
El hecho en sí reviste singular importancia por las condiciones políticas nacionales y por los cambios que se están presentando a nivel internacional.
Reconocer errores del pasado y rectificarlos es positivo en estos tiempos de pluralidad y diversidad ideológicas. Lo que debe traer, como consecuencia, un alto espíritu de tolerancia y respeto a toda opinión y creencias religiosas.
Conviene recordar, por lo tanto, la causa fundamental que originó la ruptura de las relaciones diplomáticas de nuestro país y la Santa Sede: la injerencia en el campo político de una institución con fines eminentemente espirituales.
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