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Derecho colonial
LOS FRANCISCANOS: ORDEN RELIGIOSA EN APUROS
Thomas Hillerkuss
Doctorado en etnología en la Universidad Autónoma de Berlín
Introducción
Los miembros de la primera orden regular del señor Francisco impulsaron la fundación y edificación de conventos en el extremo occidental del reino de la Nueva España durante el siglo XVI, en una campaña mediante la cual se encargaron de predicar la palabra de dios en esta vasta zona. Acerca de este proceso disponemos de datos bastante precisos.(1) Los franciscanos encargados de redactar la historia de la conquista espiritual, en lo general, y de su orden, en lo particular, no omitieron anécdotas acerca de los esfuerzos de los misioneros para convencer a la población de aceptar el bautismo.(2)
Los historiadores contemporáneos de la conquista espiritual, que no pueden trabajar en los archivos por estancias prolongadas, tienen que fundamentar sus trabajos en una serie de fuentes ya publicadas, obras a su vez cuyos autores no pueden aportar nada nuevo acerca de los franciscanos. Por esto es inevitable que tengamos que confrontar informaciones muy parciales, cuyas contradicciones tienen su origen en las diversas pugnas por el poder y la influencia que se dio entre los diversos actores del periodo colonial.
El objetivo de los historiadores franciscanos no podía ser la difusión de críticas contra su propia orden si no querían dar argumentos a otros grupos interesados en este tipo de pugnas. Uno de esos grupos era el clero regular, que intentaba secularizar las misiones, repartirlas entre sus miembros y cobrar el diezmo.(3) Otro de los grupos era conformado por los encomenderos, los hacendados, los mercaderes y los mineros, quienes querían apropiarse de los tributos de los indios con menos restricciones y lograr el servicio personal de los indios para sus labores; objetivos más fáciles de conseguir con un cura vicario que con un religioso cuidando celosamente de sus neófitos, aunque en ocasiones estas preocupaciones de los frailes les proporcionaran privilegios poco compatibles con sus votos monásticos. Especialmente la segunda generación de misioneros, con posterioridad a 1560 se vio permanentemente en riesgo de sucumbir ante las tentaciones. Vale decir que en muchos casos su preparación era mínima y a veces insuficiente para realizar la tarea de propagar el evangelio y la vida cristiana entre los naturales, muchas veces con grandes reservas y recelo, fruto de sus malas experiencias. Era un trabajo poco peligroso, pero frecuentemente bastante más difícil que sólo bautizar indios y avanzar hacia nuevas tierras. Por otra parte, los nuevos misioneros trabajaban en la periferia del reino, alejados del control paternal de sus provinciales. Sólo conocemos casos aislados en los cuales los frailes cedieron a la tentación de opuestos; porque bien pudiera tratarse de una intriga preparada en contra de los franciscanos de los pueblos de Ávalos.
1. Descripción del documento
Los cargos formulados contra los franciscanos de Ávalos, son sólo una parte de un manuscrito engrosado a base de presuntas maldades imputadas a los franciscanos de la parte occidental y noroccidental de México. En realidad se trata de un traslado de varios procedimientos, hechos -entre el 15 y 22 de marzo de 1575- por el escribano Antonio de Abad, por encargo del obispo Gómez de Mendiola. El notario apostólico Juan Ordóñez dio fe de este traslado, de lo cual, a su vez, dieron certificación Francisco de Cepeda y Pedro de Palencia, ambos escribanos de su majestad, el día 22 de marzo de 1575 en la ciudad de Guadalajara. La letra es clara, y pertenece, sin duda, a un mismo escribano. Se conserva legible en términos generales con excepción de algunas manchas de tinta que oscurecen algunas hojas del último tercio del documento. La portada fue escrita por persona distinta al copiador del documento; hecho que se infiere de las diferencias gráficas y ortográficas. Sin embargo, tanto el traslado, como la portada del documento fueron hechas en el siglo XVI, dadas las características de las dos grafías. En la portada puede leerse la siguiente descripción: "sobre qe. andanynquietos en la nueba galizia los / frailes desan franco. y p.suadiendo a losyndios q. nocon / fyesen Con clerigos y tienen yposesen lo mejor del obis / pado dela nuebagalizia y Conosçen detodaslasCausas / No rreConosçciendo al obpo. y andan deRamados y / con mucha lib.tad. haçiendo deson.stidades y / yndeçençias enel balle deameCa y otras ptes. / esynformaion. hecha porel Visitador del ob.pado / e. .el pueblo deameca a 2 de março 1575". Esta descripción, sin embargo, es muy precisa, por lo que respecta del contenido del documento, que en términos generales abarca los seis diferentes casos que siguen:
1. Sobre los reclamos de los indios del valle de Ameca, que solicitan la asistencia de frailes franciscanos a su comunidad, en vez de la de los clérigos, así como también algunos datos sobre los franciscanos de los pueblos de Ávalos, que se derivan de las informaciones practicadas allí por el juez y visitador episcopal Antonio de Andrada el 2 y 3 de marzo de 1575. (ff. 1-15).
2. Sobre los franciscanos de los pueblos de Ávalos, de cuya actuación fue hecha cierta información por el mismo juez y visitador del 5 hasta el 9 de marzo de 1575 (ff. 15-30).
3. Acerca de la oposición de fray Diego Ordóñez, guardián del monasterio franciscano de Guadalajara a que se pusiera la caja de la santa cruzada en su iglesia, y sobre los insultos contra el obispo, proferidos por ese religioso (ff. 30-31v & 48v-50).
4. Sobre la información instruida en relación a los frailes Cristóbal Uribiesca y Sebastián de Párraga, a quienes se les atribuyen insultos en contra del rey, del obispo y del vicario del valle de Aguacatlán, a quien agredieron en un intento de echarle de su casa y hacerse con la administración de este partido (ff. 32-35v).
5. Sobre la renuencia de algunos franciscanos a predicar el santo evangelio en compañía de ciertos curas de la villa de Santa Bárbara, en la provincia de la Nueva Vizcaya (ff. 35-47).
6. Acerca del alboroto en contra del vicario de Tlaltenango y de Teul, que protagonizaron los indios de esos pueblos, instigados por algunos franciscanos, a quienes además se les imputan difamaciones en contra del obispo (ff. 47-48v).
Los 30 primeros folios del documento no contienen mucho más que las disposiciones de varios testigos interrogados por Antonio de Andrada entre el 2 y el 9 de marzo de 1575, principalmente en Ameca y en varios pueblos de la provincia de Ávalos, como lo fueron Zacoalco, Cocula, Atoyac y Amatitlán. Este es precisamente el material que sirve de base a este estudio.
La calidad de los testigos aparece muy bien definida. Prácticamente todos eran hacendados y mercaderes; también aparecen alcaldes mayores, una justicia de Ávalos y varios indios alcaldes. Los principales acusados -como es normal en estos casos- en las informaciones, los franciscanos no fueron citados a prestar declaración y articular su defensa. Esto, sin embargo, no excluye que por vía de apremio, algunos testigos intentaron defenderlos. *
2. Resumen de las acusaciones
El conjunto de las acusaciones puede clasificarse en tres grupos. Primeramente aquellas que versan sobre la mala administración de los santos sacramentos, tanto a españoles como a indígenas, por parte de los franciscanos. En segundo lugar, las imputaciones hechas a los frailes de querer usurpar la jurisdicción civil y secular. En último término, encontramos todas las acusaciones referentes a faltas contra la moral y violaciones a la regla de la orden.
La mayoría de los testigos en Ávalos se mostró bastante comprensiva respecto a las diferencias -explicables en todo caso por el gran tamaño de la región- mostradas por los frailes en la impartición de la doctrina y demás servicios en aquellas zonas de sus partidos, en donde no existían guardianes.
Francisco de Saavedra Sandoval, primo del encomendero de Ávalos, declaró p. ej., "dijo que sabe que en muchos de los sujetos a los partidos de los dichos frailes están sin doctrina porque los dichos frailes no acuden a administrársela si no es una o dos veces en el año, que son los días de Todos Santos y la fiesta de la advocación del pueblo; y los dichos frailes, por ser la población mucha que es de más de diez mil indios, no pueden acudir a todos. Y así ha visto este testigo que han muerto muchos indios y vístolos llevarlos a enterrar y que los enterraban los cantores del pueblo, y que en ellos no había frailes y así morían sin confesión..."(5)
En realidad, atender una región de 6,000 km², por parte de nueve franciscanos -de los cuales "algunos", y hasta la "mayoría", no eran "lenguas"(6) como para darse a entender entre los indígenas, confesaban y predicaban mediante intérpretes-, no debió ser una tarea fácil. Sin embargo, los misioneros de la Compañía de Jesús en Sinaloa, Sonora y Nueva Vizcaya probaron que un solo religioso, con asiduidad y pasión, realizó su tarea misional en condiciones y regiones similares, o peores, a las que encontraron los pocos activos franciscanos en Ávalos.(7)
En las visitas franciscanos a los más de treinta sujetos, pertenecientes a las diez u once cabeceras, los frailes se quedaban solamente por algunas horas para el oficio de la misa, el bautismo de los niños recién nacidos y para oír en confesión a los pecadores.(8) Una actividad tan importante para una población recién convertida, como lo era la impartición de la doctrina, parecía no formar parte de aquellas actividades para las cuales los franciscanos tenían tiempo en sus visitas; y tampoco podían pedir a los indígenas que fuesen a escucharla a las cabeceras de los partidos, debido a las grandes distancias que podían ser hasta cinco leguas.
El cargo de "no ser lengua" para la impartición de la doctrina, era una acusación dirigida principalmente en contra de los superiores de la orden. Al parecer las jerarquías franciscanas no pedían con el rigor necesario a sus frailes, el dominio de las lenguas indígenas; y tampoco propiciaban que los frailes se quedaran en los monasterios el tiempo suficiente para poder aprender regularmente las lenguas que se hablaban en el occidente mexicano, en donde la diversidad lingüística presentaba una confusión casi babélica.(9)
En términos generales, los franciscanos desempeñaron bien su oficio en las cabeceras de los partidos, especialmente en aquellas donde había "frailes de lengua". Si acaso se pueden citar dos excepciones, la del guardián del Zacoalco, a quien dos testimonios acusaban haber comenzado "con mala gracia" muy de madrugada, la misa mayor del miércoles de ceniza, de tal forma que a las siete de la mañana el oficio estaba concluido, y por esa razón muchos de los naturales españoles, de los pueblos sujetos y ranchos comarcanos que no madrugaron lo suficiente, se quedaron sin oír misa, hecho que ocasionó mucho escándalo. El dejar a los cristianos sin la bendición fue al parecer un caso aislado, pues hubo testimonios que enderezaron una grave acusación en contra de todos los franciscanos.
Francisco de Saavedra Sandoval, a pocos días de haberse empapado directamente en el problema, lo formuló de esta manera: "dijo que el dicho tiempo a esta parte que tiene noticia y reside en la dicha provincia (más que 20 años, fol. 17), ha visto que los dichos frailes les han llevado los enfermos a cuestas o en hamacas a confesarlos a los dichos monasterios, y a recibir el santísimo sacramento; y esto ha hecho de ordinario y así lo ha visto este testigo, y que pidiendo ahora esta semana al guardián del pueblo donde este testigo reside (Atoyac), que se llama fray Cristóbal de Villoldo que le llevase a un español el santísimo sacramento el cual no lo quiso hacer, aunque le encareció que se estaba muriendo, y que diciendo este testigo a los dichos frailes que residen en la dicha provincia que por qué usan esta crueldad de no ir a confesar los enfermos aunque se estén muriendo, y que le han respondido que ellos no son curas de ánimas ni están obligados a hacerlo y que lo hacen por Dios y de su misma voluntad..."(10)
También el alcalde mayor Juan de Valderrama Padilla tenía sus tristes experiencias, pero no en Zacoalco -su pueblo de residencia-, sino en Sayula, donde, según atestiguó, dos españoles estaban heridos y a punto de morir. El alcalde se fue hasta el guardián del lugar a rogarle que se fuese a confesar a los moribundos a sus casas, pero el religioso se negó con la excusa de que su orden no les obligaba a salir de sus monasterios para confesar a nadie y que si quería que los confesaran, pues que los llevaran a la iglesia. En cuanto a la extremaunción, el alcalde Valderrama Padilla dijo que él mismo llevaba a los enfermos hasta los hospitales de los franciscanos para recibir el sacramento.(11)
Luis de Luna, de Amacueca, dijo que tampoco había podido convencer a los frailes para que fueran a confesar a ciertos moribundos, sólo pocos días antes de prestar declaración en Zacoalco. Y agregó además que en su pueblo, tres años antes, habían muerto en sus casas dos españoles sin haber recibido el sacramento.(12)
El guardián de Atoyac no se comportaba mejor que sus hermanos de Amacueca y Sayula, si hacemos caso a las declaraciones de Nicolás de Nápoles, residente en ese pueblo.(13)
En cambio, las acusaciones presentadas por los testigos de los pueblos de Ávalos, en el sentido de que los frailes usurpaban las jurisdicciones civil y secular. El alcalde mayor del partido, a la pregunta de que "si sabe que los dichos frailes tienen la administración de los sacramentos y judicatura eclesiástica, y conocimiento de causas matrimoniales y civiles y criminales, sin reconocimiento del señor obispo desta diócesis", respondió:
"Que la sabe como en ella se contiene y así lo ha visto, y que lo hace como la pregunta lo dice los dichos frailes guardianes y presidentes de dicho partido, y que tratando este testigo con algunos dellos y vetándoselo, diciéndoles pues no son curas y vicarios, no se entremeten en ello; y le han respondido que ellos tienen del sumo pontífice facultad para poderlo hacer, y con más autoridad que los vicarios puestos por el señor obispo desta diocesis; y que esto le han dicho algunos de los religiosos..."
Siendo interrogado sobre que "si sabe que los dichos frailes, de la dicha orden del señor san Francisco han persuadido a los naturales que no obedezcan al señor obispo ni a los clérigos, diciendo que ellos son los prelados y señores de la tierra, porque ellos la ganaron y es suya, y no tiene que ver el señor obispo en ella, y que ellos pueden más que no él y le pueden prender y descomulgar...", dijo que no la sabía.(14)
Es probable que los religiosos conocieron nada más que de las causas de los naturales, pero -eso sí- con todo rigor; ellos mismos ordenaron a los indios fieles prender a los delincuentes y apresarlos en las casas de los propios frailes.(15)
Estas acusaciones no eran la gran cosa comparadas, por ejemplo, con una que se contiene en el cargo general hecho más tarde contra los franciscanos de Ávalos, en el año 1608. Según el dicho de los testigos en esa información, el cual fue posteriormente aceptado como cierto por los superiores de la orden, los frailes de Ávalos sustrajeron ciertos presos de la mismísima cárcel del alcalde mayor, ordenando posteriormente a los indios que prendieran al justicia y finalmente que lo asesinaran.
Para colmo se arrogaron el derecho para castigar cruelmente a los delincuentes; nombraron fiscales y alguaciles y quitaron sus varas a los alcaldes indios para darlas a otros naturales de su contentillo. Con el tiempo, y según el contenido del documento, los franciscanos ganaron un poder tan absoluto que instauraron un régimen de verdadero terror entre los españoles y los indios.(16)
Volviendo a nuestro punto inicial, cabe decir que también fueron graves las acusaciones de los testigos del pueblo y valle de Ameca en la jurisdicción de Ezatlán. En esta parte no había franciscanos sino un cura vicario: Diego Ramírez, de quien todos los testigos dijeron que adoctrinaba modélicamente, como ninguno de los franciscanos de los vecinos pueblos de Ávalos. Según esto, el buen cura administraba cuidadosa y diligentemente los santos sacramentos; en su iglesia adoctrinaba cristianamente a los naturales y a los españoles, así en la mañana como en la tarde. También dijeron que el cura Ramírez sabía decir los sermones en la lengua de indios, los confesaba sin intérpretes, y no olvidaba remediar en lo posible y castigar los pecados públicos de cuanto cristiano se encontrara en el pueblo y valle.
Los testigos, tanto españoles como naturales, no habían visto ni oído cosa alguna que pudiera decirse en contra del cura. Los españoles dijeron que muchas veces habían escuchado decir a los naturales que estaban muy contentos con él, y los indios así lo conformaron en sus declaraciones. Sin embargo, también dijeron que pese a todas las virtudes del cura, "querían echarle del partido y valle", y con ese propósito el cacique don Martín y otros dos principales del pueblo se fueron a la ciudad de México, o en esa dirección, provistos de dinero de la comunidad, con el fin de pedir frailes franciscanos para el pueblo.(17) Los testigos explicaron además este hecho en el sentido que tenían amor a los frailes y porque ellos habían sido los primeros en entrar al valle y ganar esa tierra, y además porque los mismos frailes les habían dicho también les tenían mucho amor a ellos.(18)
Los testigos españoles de Ameca, bastante lejos de los franciscanos como para temer a cualquier represalia, dieron algunos nombres de religiosos, que según ellos eran la causa de las alteraciones entre los indios de Ameca. Dijeron que el más activo era fray Sebastián de Párraga, guardián de Cocula, en Ávalos, quien al parecer dijo en febrero de 1575 a Juan Ruiz de Carrasco, mercader, al ex alcalde mayor Diego Fernández de Saldaña y a otros españoles, que en el capítulo de ese año, en Taricuato -Michoacán-, los franciscanos habían acordado y mandado que el pueblo de Ameca fuese visita de los frailes.(19) Meses antes, este religioso había visitado el pueblo y convencido de sus propósitos a los principales e intentando buscar el apoyo de los españoles, enviando con ese fin a un pariente suyo, a un vecino y a un compañero, ambos de Cocula.(20)
Alonso de Peraleja -quien en 1574 era guardián de Tlaxomulco, al norte de Ávalos-, un fray Diego -compañero del padre Cortegana o del padre Miguel de Boloñía- y otros frailes, dijeron durante el verano y el otoño de 1574 en varias ocasiones que el valle de Ameca era suyo y lo habían ganado, y además que ellos eran los señores de esta parte y los clérigos no más que sus "macehuales",(21) sus mozos y que los españoles residentes en el valle deberían de irse a España y dejándoles a ellos, y a los demás frailes de su orden, con su tierra.(22) Según declaró Antonio de Sandoval, vecino del valle de Ameca, los religiosos habían dicho que querían mandar una relación al rey para informarle de la usurpación que el obispo y sus clérigos estaban haciendo en el valle y procurarían salirse con la suya, porque ni el obispo ni sus clérigos tenían por qué entremeterse en la administración y jurisdicción que le correspondía a la orden.
Los insultos proferidos en contra de su propia persona, fueron probablemente la causa principal para que el obispo de Guadalajara decidiera enviar un juez al pueblo de Ameca. Se dijo en la información que un cierto fray Cristóbal de Molina, compañero del fray Sebastián de Párraga, propiciaba entre los españoles el menosprecio hacia el obispo, "que ayer se ordenó y era un letradillo que había dos días que había sido oidor."(23) Para darnos una idea de hasta qué punto estas habladurías causaban el enojo del obispo Gómez de Mendiola, hay que decir que ya desde 1564 había sido oidor de la Audiencia de Guadalajara. Y ello sin tener en cuenta que semejantes afirmaciones no parecían apegarse en nada en los votos de un religioso. Además, podía pensarse que tales improperios encerraban también un insulto contra el rey y su derecho para elegir libremente a sus obispos.
Sin embargo, pudiera ser que la verdadera causa que motivó la averiguación por Gómez de Mendiola fuese el buscar argumentaciones de peso para poder desacreditar a los franciscanos en lo general y específicamente a los superiores de la orden por injurias y por la excesiva indulgencia con que al parecer conducían a la orden, en total desestimación a su regla. Por ejemplo, las primeras preguntas que el juez de instrucción formuló sobre los franciscanos fue en relación a que si éstos cumplían efectivamente con su voto de pobreza, interrogando además a los testigos sobre las posibles deshonestidades y escándalos de los religiosos, es decir, a simple vista, se trataba de hacer una recolección de chismes.
Las declaraciones de los testigos coincidieron en afirmar que los franciscanos visitaban pueblos y comarcas fuera de los límites de su provincia. Y también había consenso en que la mayor extensión de tierra de calidad, así como la más poblada de naturales, de toda la Nueva Galicia, estaba incluida en la provincia de los frailes, tal y como era el caso de los pueblos de Ávalos. Resultaba también inexplicable para todos ellos el hecho de que los frailes ordenaron a los naturales de Ávalos -según las declaraciones de los testigos españoles- la construcción de entre diez y catorce monasterios, de los cuales nunca ocuparon más que seis, dejando por años deshabitados los restantes.(24) Resulta significativo que las típicas quejas que surgían en este tipo de informaciones, sobre excesivos tributos y abusos en el servicio personal de los indios para con los franciscanos no parezcan siquiera mencionados en el desarrollo de las diligencias.
Sin embargo, los frailes vivían bien. Tenían muy buenos caballos para jugar carreras con los españoles,(25) un pasatiempo poco compatible con el hábito; había también entre ellos muchos aficionados a los naipes que jugaban no sólo en las casas de los españoles, sino también en sus conventos, ganaban y perdían cantidades de hasta seis, diez y más pesos.(26) Fray Alonso de Herrera, fraile lego, ganó muy mala fama en este sentido para el monasterio de Zacoalco, pues fue acusado de querer convertirlo en un antro de juego de azar, hecho que, a todo esto, fue público y denunciado ante la justicia.(27)
Juan de Segovia se quejaba de este franciscano diciendo: "Tenía por vicio y oficio de tratar las honras y vidas de personas nobles, así de mugeres casadas como doncellas y hombres particulares, de lo cual había insultados y enojos y escándalos..."(28)
Otros pecadillos de fray Alonso le acarrearon mala fama a él y a ciertas españolas. Pues Pedro de Granada -quien en algunas ocasiones tenía que afirmar que no sabía nada acerca de las preguntas que se le hacían-, informó al juez que este padre: "ha hechado fama y publicado que ha gozado y tenido cuenta con doncellas y otras mujeres principales de la provincia, personas de mucha virtud y reconocimiento y de mucha calidad, de que a este testigo le ha parecido muy mal cosa fea y digna de castigo..."(29) Por si fuera poco, él y otras personas introducían muchachas indias a su convento, por la noche,(30) posiblemente para compartirlas con sus compañeros de naipes.
Según los testigos, el monasterio de Zacoalco era una verdadera casa de pecado, y fue ahí donde cierto padre Bartolomé, todavía "mozo", también sucumbió, según los testimonios, a la tentación de la carne, ya que ocupando el cargo de guardián por ausencia del fraile titular de ese partido, tuvo como amante en su casa, durante 22 días a una india de Cocula casada, con quien huyó al haberse descubierto su falta, tres meses antes de prestarse este testimonio. Por si fuera poco se afirmó que con objeto de dificultar su persecución, el fraile robó, de una caja que tenía de guarda en el monasterio el ganadero Pedro de Granada, alguna ropa de mujer con la que se vistió. En su caballo, con un bulto de ropa encima, y otras cosas robadas de la iglesia y del monasterio, luciendo un sombrero negro en la cabeza, con el rostro embozado con un lienzo de paño, con un jubón de tafetán amarillo, unos "saragueles", unos zarcillos y una sarta de perlas puestos, pero sin capa ni cubierta alguna, huyó fray Bartolomé. Con tan mala suerte que a las once de la mañana de ese día se topó con Francisco de Saavedra Sandoval, a tres o cuatro leguas de Zacoalco en el camino hacia el pueblo de Atoyac. Francisco, sorprendido por un disfraz tan estrafalario, quiso ver de quién se trataba y le descubrió la cara al jinete sólo para descubrir a fray Bartolomé. El infortunado fraile no quiso volver a Zacoalco, desoyendo la petición de Francisco; siguió huyendo a la dirección de Xiquilpan, en Michoacán, donde las justicias le prendieron con el mismo disfraz encima en compañía de su amante. La mujer logró huir, y fray Bartolomé fue llevado preso a un monasterio. Un mes más tarde el ganadero Pedro de Granada, enterado de quién había sido el ladrón de sus joyas y demás pertenencias acudió al capítulo de los franciscanos para quejarse. Según declaró más tarde, todas sus cosas le fueron devueltas, al tiempo que el provincial, fray Juan Baptista, le aconsejó olvidarse del asunto y que regresara con dios a su casa.(31)
Muy similares rumores y sospechas circularon respecto de los guardianes de Atoyac, Amacueca, Tepec, Sayula, todas amancebamientos de frailes con indias y españolas. Y en todas partes corrían rumores y murmuraciones de que algunos franciscanos habían procreado hijos.(32)
3. Valoración de la averiguación
del juez y de los testigos
Designado por el obispo Gómez de Mendiola el juez llegó al pueblo de Ameca y su partido con el fin de efectuar la visita. Posiblemente ya tenía conocimiento de lo que le esperaba, o bien claridad sobre lo que buscaba. En Ameca se encontró con los indios inquietos y con la pretensión de cambiar al cura por franciscanos. También escuchó quejas en contra de los frailes en relación a sus desórdenes poco afines con su cometido religioso. Comenzó la información redactando la consabida cabeza del proceso, asentando en ella los hechos que a su parecer, hacían mérito bastante para hacer la información.
El visitador formuló en seguida, muy a la usanza del siglo XVI, el interrogatorio de rigor, para recibir las declaraciones de los testigos de Ameca; y posteriormente elaboró en los pueblos de Ávalos otro interrogatorio, más amplio y preciso que el anterior.
La manera en que fueron recibidos los testimonios, no permite saber con claridad si los testigos declararon libremente o bien con la intervención del propio juez. Muchas de las primeras partes de las respuestas son idénticas, siguiendo un esquema rígido más allá de los formulismos procesales que solían utilizarse en estas diligencias, de forma que queda la impresión de que el juez inquiría a los testigos, buscando ejemplos concretos y abundancia de datos para ajustar lo más posible la respuesta a la pregunta formulada.
Resulta extraño que ni las autoridades actuaran en la información, ni el propio obispo de Guadalajara formulara su "parecer" o conclusión alguna respecto de los datos arrojados por la información. El juez sólo se limitó a dictar un auto mediante el cual ordenó que las diligencias fueran llevadas al obispo, y éste a su vez ordenó solamente que se enviara un traslado del procedimiento al rey.(33) Es posible que pensaran que los testimonios eran prueba suficiente para que la corona corrigiese a los franciscanos e hiciese desistir de su avance en el valle de Ameca.
Entre los testigos interrogados encontramos a muchas personas principales de Ameca y de los pueblos de Ávalos, a dos alcaldes mayores, un ex alcalde mayor y su teniente, a otro justicia importante y a dos alcaldes indios.
Salvo en el caso de Ameca, no es probable que los testigos de los diversos pueblos, que declararon en la información, pudieran haber acordado declarar en un mismo sentido y hacer las mismas acusaciones. Esto es debido a las grandes distancias que median entre estos pueblos y a la rapidez con que el visitador se trasladaba de un lugar a otro. Ciertamente, las diversas declaraciones recibidas en Ameca son muy parecidas entre sí, a diferencia de lo que ocurrió en Ávalos.
Ni en Ameca ni en los pueblos de Avalos se rindieron testimonios abiertamente en contra de los franciscanos, excepción hecha con las declaraciones de un Antonio de Sandoval, hacendado en el valle de Ameca, quien dispuso decididamente en su contra.(34) El resto de los testigos se limitó a criticar problemas muy particulares, como fueron los casos de renuencia a confesar a los moribundos en sus casas, el de la falta de doctrina en los pueblos de visita, el de los pocos religiosos que eran destinados para este propósito, el de la construcción de conventos que nunca utilizaban, y el de algunas actividades licenciosas no compatibles con el hábito. En este último caso se criticaban especialmente a los frailes jóvenes que las realizaban, por el mal ejemplo que daban a los habitantes del partido y de la provincia.
Existen ciertos indicios sobre la veracidad de algunas de las cosas contenidas en las declaraciones. Por ejemplo, el testigo Luis de Luna declaró sobre hechos que le eran propios, pues confesó su participación en juegos de azar con el padre Herrera del convento de Zacoalco en cuatro ocasiones.(35) Hay que recordar que esa conducta constituía un delito relativamente grande en el contexto colonial que estamos analizando.
Vale la pena comentar que el principal historiador franciscano, sobre las actividades de su orden en esta parte y en esta época del occidente mexicano, elude tratar en su obra precisamente a los monasterios de Zacoalco y Cocula -los conventos más afectados-, en sus actividades desarrolladas en el periodo que nos ocupa;(36) sólo llegó a describir al convento de Atoyac como deshabitado.(37) Los nombres de las ovejas más negras de la orden, como lo fueron los padres Cristóbal de Molina, Alonso de Herrera y el infortunado fray Bartolomé, no encontraron cabida en las prolíficas listas insertadas por Tello en su obra. Tampoco se encuentran datos respecto de las actividades que otros acusados, como lo fueron los frailes Sebastián de Párraga, Alonso de Peraleja o Cristóbal de Villoldo, desarrollaron precisamente en este problemático lapso.(38)
5. Algunos comentarios finales
Las actividades de la orden en esta región seguían siendo motivo de polémica entre ésta y el clero secular hacia 1584.(39) Más tarde, entre 1586 y hasta los principios de 1587, el visitador general de la orden, Alonso Ponce de León inspeccionó esta extensa región sin que al parecer hallara graves deficiencias, encontrando un número de entre 14 y 16 frailes para atender a los pueblos de Avalos, es decir, casi el doble de los que había hacia 1575, concluyendo que en todos los conventos había frailes que dominaban la lengua mexicana.(40)
Finalmente los franciscanos no llegaron a residir en el pueblo de Ameca.(41)
Notas
1. Diego de Muñoz, «Descripción de la provincia de San Pedro y San Pablo de Michoacán cuando formaba una con Xalisco (1585)», Guadalajara, Jal., 1965; Alonso de la Rea, «Crónica de la orden de N. Seráfico P. S. Francisco, provincia de San Pedro y San Pablo de Mechoacán en la Nueva España. (1639)», México, 1882; Antonio Tello, «Crónica miscelánea de la santa provincia de Xalisco, libro IV, (1653)»; Guadalajara, Jal., 1945; vol. 4 (libro segundo, volumen I); Guadalajara, Jal., 1968; vol. 3 (libro segundo, volumen III); Guadalajara, Jal., 1984.
2. Sobre todo Tello, loc. cit., vol. 4.
3. Robert Ricard: «La conquista espiritual de México»; México, 1986, p. 374-376.
4. ProVanca q. va Para la C. R. M. el rey don Phelippe Nro. senor en su conseJo RI. de Las Yndias fecha enel Nuevo Reyno degalcA. -1574-75; Archivo General de Indias (A. G. I.), Audiencia de Guadalajara 55.
5. Loc. cit., f. 17v.
6. Loc. cit., ff. 3, 5, 15v, 17v, 19, 22v, 25, 26v, 28 y 29.
7. Andrés Pérez de Rivas: «Historia de los triunfos de nuestra santa fe entre gentes las más bárbaras y fieras del nuevo orbe» (1645), México, 1945, 3 vols.; Peter Mastern Dunne: «Pionner jesuits in northern Mexico», Berkeley, Cal., 1944, y «Early jesuit missions in Tarahumara», Berkeley, Cal., 1948; Juan Nentvig: «Rudo ensayo: Descripción geográfica, natural y curiosa de la provincia de Sonora» (1762), México, 1977; Joseph Neumann: «Historia seditionum, quas adversus Societatis Jesu Missionarios, Eorumq...» (1724), París, 1969; Thomás de Guadalaxara y Joseph Tardá: «Relación sobre la Tarahumara», San Joaquín y Santa Ana, 2 febrero 1676, Archivo General de la Nación (A. G. N.), México, misiones 26, ff. 216-225v, y «Relación sobre su entrada en los tarahumaras gentiles y su conversión», s. l., 15 agosto 1676, Archivum Romanum Societatis lesu, Roma, México 17, ff. 356-392; Pedro Tápiz: «Informe sobre su visita general», Cusihuiriachi, 26 agosto 1715, A. G. I., Audiencia de Guadalajara 206.
8. Loc. cit., f. 25v.
9. "Relación de Tuchpan y su Partido" (1580), y "Relación de Xiquilpan y su partido" (1579), en «Relaciones geográficas del siglo XVI: Michoacán»; México, 1987, p. 384, 386, 390, 396, 410f; "Relación del pueblo de Ameca" (1579); "Relación de la provincia de Amula" (1579); "Relación de Poncitlán y Cuiseo del Río" (1585); "Relación de la villa de la Purificación" (1585), y "Relación de Tenamaztlán" (1579), en «Relaciones geográficas del siglo XVI: Nueva Galicia»; México, 1988, p. 32, 60, 72, 181f, 212, 218-234, 279; Antonio de Ciudad Real, «Relación breve y verdadera de algunas cosas de las muchas que sucedieron al padre fray Alonso Ponce...» (1585/87); México, 1976, vol. 2, p. 85-94,103-105, 127-153; Diego Ramírez, juez de comisión: "Testimonio sobre los mojones entre los obispados de la Nueva Galicia y Michoacán, diferentes pueblos y estancias en Michoacán, Colima y la Nueva Galicia", 18 febrero a 31 abril 1551, A. G. I., Audiencia de México, 281.
10. Loc. cit., f. l8rv.
11. Loc. cit., f. 16.
12. Loc. cit., ff. l9v-20.
13. Loc. cit., f. 28.
14. Loc. cit., f. 16rv.
15. Loc. cit., ff. 20, 23, 26, 27, 28, 29v.
16. «Trdo. de la informaçion y autos echos a pedimto. del fiscal dela RI. auda. deguadalaxara de la nueba galiçia q. los guardianes de laproua. daualos seentremetian en La RI. jurisdiçion», Guadalajara, Sayula, Zacualco, del 30 junio al 30 agosto 1608, A. G. I., Audiencia de Guadalajara 8, Rº2, Nº 18, exp. 5.
17. Loc. cit, ff. 1-14v.
18. Loc. cit., ff. 13, 14rv.
19. Loc. cit., ff. 6v, 8v-9.
20. Loc. cit., ff. 4, 10rv.
21. "Macegual, variante de Macehual. El indio de condición más humilde, dedicado a los quehaceres más bajos, sirviente, peón de campo, etc." Francisco J. Santamaría, «Diccionario de mejicanismos», México, 1983, p. 673.
22. Loc. cit., f. 2.
23. Loc. cit., f. 3.
24. Loc. cit., ff. 15v, 17, 19, 22v, 24, 26v, 29.
25. Loc. cit., f. 5.
26. Loc. cit., ff. 21, 23v.
27. Loc. cit., f. 23v.
28. Loc. cit.
29. Loc. cit., f. 22.
30. Loc. cit., f. 21.
31. Loc. cit., ff. 16v, 21v-22, 23v, 24v.
32. Loc. cit., ff. 11v, 20v-21, 23v, 26.
33. Loc. cit., ff. 15, 30.
34. Loc. cit., f. 5v.
35. Loc. cit., f. 18v.
36. Tello, Loc. cit, vol. 4, p. 81-85 y 97-100; vol. 3, p. 85-93.
37. Loc. cit., vol. 4, p. 95-96.
38. Loc. cit., vol. 4, p. 24-25, 33, 38, 53, 58, 77-80.
39. "Carta a S. M. del obispo de la Nueva Galicia Domingo de Alzola", Guadalajara, 3 abril 1584, A. G. I., Audiencia de Guadalajara 55.
40. Ciudad Real, loc. cit., p. 29, 32, 86-90, 104, 149-153.
41. "Cédula del virrey Martín Enríquez de Almansa para que el corregidor del pueblo de Ameca no consiente que el vicario les pida ni lleve comida ni otra cosa a los naturales, ni ellos se la dan sin que primero pague a como entre ellos valiere", México, 22 agosto 1579, A. G. N., general del parte 2, exp. 125, f. 48; "Cédula del virrey Álvaro Manrique de Zúñiga, para que el alcalde mayor y el corregidor de Tenamaxtlán hagan relación a su excelencia de lo acaecido en Ameca", México, 9 febrero 1587, A. G. N., general del parte 3, exp. 58, ff. 28v-29.
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