Revista 8, Octubre-Diciembre 1991

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Teoría política
EL PODER


Abel Dávila García
Licenciado en Derecho; realizó estudios de posgrado en derecho social en la UNAM; ex cordinador de la maestría en desarrollo regional de la UAZ; docente de la facultad de Derecho de la UAZ


1. Considerado el poder como un fenómeno social, podemos afirmar que a pesar de los miles de años trascurridos desde que se iniciaron las primeras manifestaciones de poder y la antiquísima literatura sobre el tema, hoy todavía no ha sido posible lograr un consenso en relación a lo que es el poder. Cada teórico de la sociología y de la ciencia política tiene su propia respuesta, que generalmente no satisface plenamente a otros estudiosos del problema.

Consecuentemente, nuestra tarea específica se reducirá exclusivamente a intentar una aproximación sobre el particular, ya que un abordaje fenomenológico del poder implicaría un aislamiento del término para que no fuera mistificado por elementos ajenos o que relacionados, son fortuitos y habría que reducir la variedad cambiante de sus aspectos temporales y especiales hasta que inductivamente se pudiera establecer lo intemporal de su esencia, es decir, de sus cualidades irreductibles.

Pero no se trata, por cierto, de sustancializar el poder ni de buscar la definición de su "esencia" intemporal bajo la diversidad de sus "manifestaciones" históricas. Las definiciones esencialistas deben descartarse de las ciencias sociales en nombre de una sana epistemología. El poder no es una "sustancia" ni una "esencia", sino un concepto relacional históricamente determinado. El poder no es "algo" que se puede adquirir, arrebatar o compartirse, algo que se puede conservar o dejar escapar; el poder se ejerce a partir de inumerables puntos de apoyo y dentro de un juego de relaciones desiguales y móviles.

Por otra parte, estas configuraciones móviles del poder varían cualitativamente según las diferentes formaciones sociales que se han dado en la historia. La historicidad es la primera característica del poder. Sus fundamentos, sus tecnologías y su eficacia social son diferentes según se trate de una sociedad arcaica, de una sociedad feudal o de una sociedad capitalista avanzada.

Esto no significa que no se pueden decir algunas generalidades sobre el poder. Se puede hablar del poder "en general", como Marx hablaba de la producción "en general". Pero esta generalidad no debe interpretarse como expresión conceptual de una esencia, sino como esquematización nominal de ciertos rasgos comunes extraídos por comparación de las diferentes formas históricas del fenómeno.

2. Así, lato sensu, es posible decir que el poder es la voluntad susceptible de imponerse a una entidad humana, ser animado o inanimado en función de un interés particular o colectivo.

Para Foucault, el poder es omnipresente. "Omnipresencia del poder: no porque tenga el privilegio de reagruparlo todo bajo su invencible unidad, sino porque se está produciendo a cada instante, en todos los puntos o más bien en toda relación de un punto con otro. El poder está en todas partes; no es que lo englobe todo, sino que viene de todas partes".(1)

Sin embargo, concebido así el poder resulta demasiado extendido y fragmentado hasta el punto de que pierde todo interés, puesto que lo tiene cualquier persona.

El poder tiene como final la satisfacción de un interés individual o colectivo

Entendido el poder en un sentido genérico, efectivamente encontramos a los seres humanos persiguiendo ciertos objetivos que pueden ser individuales o colectivos.

En todo caso, las teorías del interés relatan la naturaleza racional del hombre que en cualquier forma es capaz de identificar lo que le conviene.

Habría que precisar que la cantidad de individuos que integran un grupo y que pretenden ciertos fines no necesariamente tiene un carácter colectivo. Tal sería el caso de las camarillas militares, monopolios, etc., a los cuales llama C. Wright Mills, "la élite del poder" que supera los poderes del hombre común circunscrito por los mundos cotidianos en que vive y se desenvuelve (familia, trabajo, sociedad, club); élite del poder que rebasa, en ocasiones, al propio poder del Estado, y tiene consecuentemente fines exclusivamente particulares, pero que a la vez repercuten políticamente.

3. El tipo de poder que hemos venido mencionando, como se ha visto, tiene caracteres muy generales y lo han denominado Herman Heller y José Ortega y Gasset, "poder social" y se manifiesta en distintas entidades. En la familia, el sindicato, la comunidad agraria, la agrupación patronal, los colegios de profesionistas, las entidades culturales o económicas y otros tantos ejemplos más, que ponen de manifiesto la existencia en ellas de un poder social limitado, temporal y de naturaleza diferente al poder político.

Los medios de que se valen dichas entidades son diversos y sus consecuencias también difieren por la finalidad que ellas persiguen. La sociología nos enseña el modo en que el poder de esos grupos se manifiesta, principalmente en su estructura interna.

Los grupos de referencia también se manifiestan como grupos de presión, como factores que se relacionan con las actividades estatales y son ellos los que presentan el frente de lucha o el frente de colaboración en la acción gubernamental.

El fenómeno del poder y del mando son fenómenos esencialmente sociales. El poder se traduce en la concentración de la fuerza material y de la fuerza jurídica, es decir, es una posibilidad de dominio, de imperio, o facultad o jurisdicción para mandar y ejecutar una cosa. Mandar es una consecuencia del poder: manda el superior al inferior, le impone su voluntad que puede ser la propia o la voluntad social contenida en una norma.

Se puede tener poder y no mandar como en el caso del que tiene una posibilidad de hacer una cosa y no la realiza por circunstancias diversas. Normalmente poder y mando son correlativos: se tiene poder para mandar o exigir u ordenar. El mando es asumir autoridad y poder.

Todo ser humano tiene algún poder y asume algún mando, como el padre sobre los hijos, el maestro sobre el discípulo, el comerciante o industrial sobre sus trabajadores y así podríamos multiplicar los ejemplos de numerosas posibilidades de mandos sociales. Todos ellos son aspectos parciales o limitados de la vida social. Se les denomina así en general: fenómenos sociales de poder y mando. Es propio del ser humano manejar esta energía espiritual y material sobre determinadas personas. Se puede disponer de un poder como ejercicio de un legítimo derecho; o los casos anormales de un ejercicio ilegítimo de poder.

4. Hasta aquí es indiscutible que el poder tiene una existencia real, objetiva, cotidiana, siendo alguna de sus características la fuerza, el dominio, la influencia, el mando, etc., el poder en términos generales y, en esto coincidimos con Foucault, el poder social nos circunda en todo momento.

No coincidimos, por otra parte, cuando se asumen posiciones metafísicas o idealistas que afirman que el poder es pretérito al hombre mismo, o con un sentido positivista se afirma que primariamente existe el poder de un modo físicamente dinámico fluyendo en el universo, lo mismo en el micronúcleo del átomo que en la macroenergía de los cuásares. En todo caso la estructura de este poder energético imbíbita en el Universo, es objeto de estudio por parte de las ciencias naturales.

Tampoco es posible concordar con la expresión de que el poder es congénito y espontáneo en el hombre. Disentimos pues, de la posición que habla de la inmanencia del poder sostenida por Foucault.(2)

De todo lo anterior podemos concluir que el poder sólo puede darse entre seres humanos y no cabe hablar como lo hace Deutsch(3) de "poder sobre la naturaleza".

Concebido el poder en términos generales como una relación entre los hombres y un atributo de éstos, prácticamente no hay una relación o situación humana que no esté vinculada a la idea del poder. En una concepción de tal generalidad, y si admitimos que el poder es un importante objeto de estudio tanto de la sociología y principalmente de la ciencia política, ésta tendría que analizar hasta las relaciones interindividuales más íntimas; por eso se hace indispensable caracterizar de alguna manera el poder que interesa y este poder es precisamente el poder político, el cual no debe confundirse con poder estatal centralizado. La historia y la antropología política demuestran que han existido espacios sociales políticamente organizados, pero sin centralización estatal.

Sobre este punto existen también divergencias entre los distintos autores: para algunos, colocados en un extremo, todo poder es político, mientras que otros se sitúan en el extremo opuesto, al sostener que el único poder político es el del Estado por su carácter de entidad globalizadora que se caracteriza precisamente por disponer de un poder no supeditado a otro.

Andrade manifiesta que "no toda relación de poder entre los hombres es política, sino sólo aquella que está vinculada a la idea de grupos sociales. De este modo, el poder político es aquel que se manifiesta con relación a la acción en el interior de un grupo o de diversos grupos entre sí, siempre que dichas acciones tengan un impacto, así sea mínimo, en las relaciones generales de la colectividad en la que tales grupos se encuentren inmersos. Por supuesto, esta última característica es muy difícil de medir. Sin embargo, parece indispensable como conotación cualitativa del poder político. De otra manera, la decisión tomada en el seno de la familia sobre si se compra un automóvil nuevo o si se sale de vacaciones, quedaría en la esfera del análisis político, lo mismo que la determinación tomada por un grupo de amigos, al salir del trabajo, de asistir a una función de cine en lugar de ir a un partido de futbol.

La aparición de los fenómenos que conforman un poder político es una cuestión de grado, cuyas fronteras no pueden precisarse con exactitud matemática en el estado actual de nuestra ciencia. La decisión de un gobernante que, por afecto, tome en el seno del grupo familiar la resolución de otorgar un cargo público a un miembro de dicho grupo, ya es, sin duda, una decisión política; lo mismo que si el grupo de amigos al salir del trabajo en vez de ir al cine o al futbol, deciden realizar una junta para plantearse la posible constitución de un sindicato.

Por otro lado, es claro que el poder político más generalizado y omnipresente es el del Estado como agrupación dentro de la cual coexisten y se relacionan los demás grupos".(4)

El poder político

5. Existe un gran número de conceptos acerca del poder político: cada teórico social y aun los prácticos de la política, tienen sus particulares concepciones. Históricamente, hallamos las siguientes: la que se funda en el puro elemento de la fuerza bruta; la bíblica; las místicas; la maquiavélica; las metafísicas; las democrático-burguesas; las marxistas mismas que sería prolijo trascribir, pero en las que resalta como elemento común la dominación y la obediencia. El diccionario de la Academia de la lengua española, al tenor de las anteriores, incluye dicho elemento y dice: "Poder: Dominio, imperio, facultad y jurisdicción que uno tiene para mandar o ejercer una cosa. Fuerza de un Estado, en especial militares". Aunque bien sabemos que las definiciones etimológicas y diccionarias son entecas y no siempre concuerdan con la realidad.

Han tenido una gran influencia las concepciones sinergética de Hauriou, la publicista de Ortega y Gasset, la voluntarista de Max Weber, la sociologista de Recasens Siches, la economista de Marx. En vía de ejemplo destacaremos algunas:

6. Hauriou dice: "¿Qué es en esencia, el poder político? El poder es una libre energía que gracias a su superioridad, asume la empresa del gobierno de un grupo humano por la creación continua del orden y del Derecho".(5) En esta definición encontramos las siguientes ideas cardinales: a) libertad; b) energía; c) empresa; y d) orden y Derecho.

a) El verdadero poder político no depende absolutamente de ningún otro poder; se superpone a todos los demás, es soberano;

b) La fuerza, la coerción tiene una condición accesoria, no es necesarísima pero es requerida para que el poder cumpla su misión;

c) Todo poder político se propone fines, el principal de los cuales la dirección de la colectividad para realizar determinados propósitos que pueden ser de lucro, de conquista, de realizar el bien común, por eso no estamos de acuerdo con la interpretación de González Uribe al expresar que la empresa de gobierno se propone fines éticos, de bienestar social, ya que esto no siempre sucede en la empresa gubernamental, habría que distinguir en todo caso entre el ser y el deber ser;

d) Tampoco nos convence la expresión: "El poder político gobierna por la creación continua del orden y del Derecho". Los regímenes tiránicos no son establecimientos de orden o de Derecho aunque pretendan serlo. Represión no significa orden, ni Derecho, normas arbitrarias.

7. En semejante dirección aunque con algunas variantes, el autor de «El tema de nuestro tiempo» expone, siguiendo la línea trazada por el maestro Toulouse, un concepto de poder político: "es una especie de emanación activa, energética de la opinión pública, en la cual afloran los demás usos y vigencias que de ellas se nutren. Un hecho social producto de interacciones individuales y grupales y como tal, aparece dotado de vigencia: tiene posibilidad coactiva. Es potencia que se impone. Es la más alta expresión del control social". Y agrega el carácter jurídico que debe revestir el ejercicio del poder, al afirmar: "Quien cuente única y exclusivamente con la brutalidad de una fuerza material podrá dirigir una agresión contra un pueblo y aún sostenerla durante algún tiempo, pero propiamente no ejercerá un mando jurídico sobre el mismo. Conviene distinguir entre un hecho o proceso de agresión y una situación de mando. El mando es el ejercicio normal de la autoridad, el cual siempre se funda sobre la opinión pública -siempre, hoy como hace diez mil años entre los ingleses como entre los botocudos-... La verdad es que no se manda con los jenízaros".(6)

Pese a nuestra admiración por el maestro hispano, prevalece nuestra convicción crítica y afirmamos lo irreal de la tesis publicista, pues hoy como ayer, ayer como hoy, el poder público nunca ha sido "emanación" de la opinión pública. Entre los ingleses y norteamericanos como entre mexicanos y brasileños, la mal llamada opinión pública no es otra cosa que consorcios nacionales o internacionales o fieros regímenes que manejan los instrumentos masivos de comunicación de acuerdo con los modelos políticos que representan o que se hallan imbricados, por más que se pretendan adornar con la sutil y manoseada libertad de prensa, tan maltrecha sobre todo en nuestros países latinoamericanos.

8. Otro autor que ha tenido una gran influencia en los científicos sociales, Max Weber, manifestaba que "poder significa la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad".(7)

Max Weber hace la distinción entre poder y dominación, al señalar que "por dominación debe entenderse la probabilidad de encontrar obediencia a un mandato de determinado contenido entre personas dadas... El concepto de poder es sociológicamente amorfo. Todas las cualidades imaginables de un hombre y toda suerte de constelaciones posibles pueden colocar a alguien en la posibilidad de imponer su voluntad en una situación dada. El concepto de dominación tiene, por eso, que ser más preciso y sólo puede significar la probabilidad de que un mandato sea obedecido.

La situación de dominación está unida a la presencia actual de alguien mandando eficazmente a otro, pero no está unida incondicionalmente ni a la existencia de un cuadro administrativo ni a la de una asociación; por el contrario, sí lo está ciertamente -por lo menos en todos los casos normales- a una de ambas. Una asociación se llama asociación de dominación cuando sus miembros están sometidos a relaciones de dominación en virtud del orden vigente...

Una asociación de dominación debe llamarse asociación política cuando y en la medida en que su existencia y la validez de sus ordenaciones, dentro de un ámbito geográfico determinado, estén garantizados de un modo continuo por la amenaza y aplicación de la fuerza física por parte de su cuadro administrativo".(8) Tal sería el caso del Estado que tiene el monopolio legítimo de la coacción física para el mantenimiento del orden vigente.

Conforme al propio Weber, existen tres tipos puros de dominación legítima. El fundamento primario de su legitimidad puede ser:

"1. De carácter racional: que descansa en la creencia en la legalidad de ordenaciones estatuidas y de los derechos de mando de los llamados por esas ordenaciones a ejercer la autoridad (autoridad legal).

"2. De carácter tradicional: que descansa en la creencia cotidiana en la santidad de las tradiciones que rigieron desde lejanos tiempos y en la legitimidad de los señalados por esa tradición para ejercer la autoridad (autoridad tradicional).

"3. De carácter carismático: que descansa en la entrega extracotidiana a la santidad, heroísmo o ejemplaridad de una persona y a las ordenaciones impersonales y objetivas legalmente estatuidas y las personas por ellas designadas, en méritos a éstas de la legalidad formal de sus disposiciones dentro del círculo de su competencia. En el caso de la autoridad tradicional se obedece a la persona del señor llamado por la tradición y vinculado por ella (en su ámbito) por motivos de piedad en el círculo de lo que es consuetudinario. En el caso de autoridad carismática se obedece al caudillo carismáticamente calificado por razones de confianza personal en la revelación, heroicidad o ejemplaridad, dentro del círculo en que la fe en su carisma tiene validez".(9)

9. La corriente weberiana ha prohijado una selecta legión de seguidores, entre ellos Jean Baechler,(10) quien considera que la dominación pura y llana difícilmente se presenta en la realidad y requiere de otras modalidades de poder como son:

a) La autoridad, que es una modalidad de poder que se funda en un sistema de creencias compartidas.

b) La dirección, que es una forma de poder ligado a las exigencias de la división técnica del trabajo, y su medio específico es la competencia. Su figura arquetípica es el poder del capitán de navío. 
El tipo de "obediencia" que responde al poder de dirección puede llamarse consentimiento. Éste se funda en una especie de cálculo racional por el que una o varias personas esperan sacar un beneficio de la delegación de voluntad en favor de otra(s).

Ninguna de estas modalidades de poder inspiradas en Weber, se presentan puras. Su vigencia se basa en que se entrelazan.

Es fácil comprender, por ejemplo, que la lógica puramente represiva de la dominación conduce a una espiral suicidaria (o todos muertos o todos en la cárcel) que sólo puede detenerse si se logra un mínimo de consenso.

Por lo que toca a la autoridad, su funcionamiento es seguro mientras dura una situación de unanimidad ideológica, sin fisuras ni fallas.

Se puede demostrar igualmente que la dirección se diluye irremediablemente si carece de ingredientes de dominación y autoridad.

Las teorías del poder que se inscriben en la tradición weberiana, como la desarrollada por J. Baechler, presentan un gran inconveniente; conciben el poder en términos de relaciones puramente intersubjetivas que se concretan en la confrontación de una "voluntad dominante" y una "voluntad dominada" constreñida a la obediencia.

"La principal crítica que se hace a Weber y sobre todo a sus discípulos es que con su modelo pretendidamente se anula la lucha de clases".(11)

10. En México, el distinguido jurista y sociólogo don Lucio Mendieta y Núñez, asumiendo una postura ecléctica ha conceptualizado el poder político de la siguiente manera: "La posibilidad de una persona, excepcionalmente de reducido número de personas, en cada país de actuar sobre los elementos de Estado por medio de la organización política, jurídica, burocrática y militar del mismo con objeto de realizar los fines estatales".(12)

De clara inspiración weberiana, aunque carece de ciertos elementos, en virtud de que la actuación sobre los elementos del Estado no es suficiente. Se puede actuar pero no ser obedecido ni reconocido.

En todo caso agregaríamos las ideas de autoridad, influencia y coercitividad que rechaza el propio Mendieta y Núñez.

Los elementos de autoridad, influencia y soberanía complementarían el concepto mencionado. Ya que autoridad es facultad de decisión autónoma sólo explicable en el poder político cuando se ejerce incidiendo por medio de la persuasión o la coercitividad sobre los elementos estatales para la consecución de sus fines. La autoridad es un título o cualidad moral que hace que el mandato sea moralmente vinculante para quien acepta el título de esa autoridad. Sólo se presta obediencia al mandato de quien está autorizado. Autoridad es el derecho a dirigir y a mandar, a ser escuchado y obedecido por los demás. "La autoridad pide poder. El poder sin autoridad es tiranía".

Los marxistas y el poder político

11. Ni Marx ni Lenin desarrollaron de manera sistemática una teoría del poder político. Pero a través de sus obras se aprecia una referencia al Estado y de alguna manera hacen alusión al poder político. Esta falta de ordenación despertó en los llamados nuevos filósofos franceses, entre ellos Glucksmann, una enconada oposición a Marx, expresando: "si Marx no desarrolló una teoría del Estado es porque sabía (pero no quería decir) que el Estado deberá, en el socialismo, ejercer un dominio absoluto y total sobre la sociedad".(13)

Sin embargo, el maniqueísmo y la crítica que dichos filósofos hacen a Marx, a partir únicamente de acotaciones y sin tomar en cuenta la obra marxista en su conjunto, le resta seriedad a las observaciones que hacen.

Como ya lo expresamos, los temas del poder y del Estado no fueron ajenos a las preocupaciones de Marx y Lenin. La teoría de la "dictadura" de las clases sociales en Marx y en Lenin remite claramente a la figura de la dominación, en la medida en que destaca en ella el papel de la fuerza física y de la capacidad coactiva. Por ejemplo Marx escribió: "El poder político es la expresión oficial del antagonismo de las clases de la sociedad burguesa", y agrega: "es el poder organizado de una clase con vistas a la opresión de la otra".(14)

En los «Manuscritos económicos y filosóficos», Marx expresa: "Las ideas de la clase dominante en cada época o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes concebidas como ideas. Por lo tanto, las relaciones que hace de una determinada clase la clase dominante, son también las que confieren el papel dominante a sus ideas".(15)

Prosiguiendo con este esquema de dominación Marx insiste en que "el gobierno del estado moderno es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa y que impone además de su dominio económico un dominio ideológico".(16)

12. En el mismo sentido Lenin, en una conferencia sustentada en Sverdlov, decía: "El Estado es una máquina para mantener el dominio de una clase sobre otra".(17)

La burguesía tiene el dominio, porque es propietario de los medios de producción; privada de éstos, su dominio desaparece, y el Estado continúa pero ahora bajo el poder del pueblo que lo pone a su servicio, en la etapa más avanzada de los individuos que adquieren una mayor conciencia social, pero en virtud de la infinita división del trabajo, tendrán el imperativo de una autoridad que cordine sus actividades para satisfacer planificadamente las necesidades sociales. Lenin previene la desaparición del Estado cuando los satisfactores sean distribuidos equitativamente y ya no exista la explotación. Los conceptos vertidos en dicha conferencia fueron inspirados en las obras de Federico Engels, como lo reconoció el propio Lenin.

13. Entre los marxistas, es Gramsci quien desarrolla de modo más coherente una teoría general del poder en el plano político.(18)

14. Podemos concluir de todo lo expresado que las diferentes configuraciones históricas del poder dependen de las diferentes formaciones sociales. Éstas se caracterizan, como sabemos, por un modo de producción dominante que implica determinadas condiciones técnicas de producción, de intercambio y de comunicación.

Respecto a las afirmaciones marxistas, el estado actual que guarda el desarrollo de la humanidad no confirma la tesis respecto a la desaparición de la máxima expresión concreta del poder político que es el Estado. Por el contrario, al parecer, el poder político es un mal necesario. Ya hemos dicho que es un fenómeno que acompaña las diversas formas históricas de convivencia humana. El testimonio de la historia y de la antropología física y social constatan este hecho en todos los países y en todas las épocas.

Esta universalidad del poder nos hace patente que corresponde a una exigencia universal de la naturaleza humana, como un hecho que se genera necesariamente allí donde los hombres constituyen un grupo social. El poder es, pues, un hecho fundado en la naturaleza del hombre, esto es, un hecho natural, pero no de manera inmanente como lo manifiesta Descartes ni de carácter metafísico, sino de tipo social.

El poder se nos presenta como una exigencia de la vida social, en cuanto ha de ordenar coherentemente múltiples acciones.

El poder coadyuva al orden social mediante decisiones uniformes; sin esa acción unificadora cada quien haría lo que mejor y más le gustase. Nos parece imposible imaginarse las inmensas y heterogéneas poblaciones del futuro sometidas a un régimen de dispersión social y sin dirección alguna. A medida que evolucione la humanidad, el poder habrá de humanizarse y su ejercicio será cada vez más democrático.

Poder y Derecho

La legitimación del poder

15. El poder del Estado es un complejo de relaciones sociales organizadas sistemáticamente. Es de suyo encontrar una justificación a todos sus actos, es decir, legitimarse.

El poder político estatal es tanto más firme cuanto mayor es el voluntario reconocimiento que se presta, por quienes le sostienen. Sólo goza de autoridad aquel poder político a quien se le reconoce que su poder está autorizado. Su autoridad se basa en la legalidad.

La legitimación del poder del Estado puede ser referida a la tradición, de suerte que ese prestigio aparezca consagrado por su origen, o puede apoyarse en la creencia de una especial gracia o capacidad, es decir, en la autoridad que da al depositario del poder el ser estimado como personalidad superior o bien, finalmente, puede basarse en el hecho de que vea en el depositario del poder al representante de determinados valores religiosos, ético-políticos o de otra naturaleza. En este sentido sólo puede considerarse asegurado aquel poder que goce de autoridad entre aquellos que sostienen al poder sean a su vez políticamente relevantes.

Todo poder tiende a legitimarse, tanto los que surgen pacíficamente y los que son producto de la violencia. La historia nos muestra repetidamente ejemplos de la "fuerza normativa de lo fáctico",(19) por lo cual un poder que al comienzo lo era meramente de hecho, e incluso se tenía por injusto, consigue poco a poco que se le llegue a considerar como poder legítimo.

Todo poder social, especialmente el político, se apoya en último término en el reconocimiento del mismo por quienes a él se someten.

A partir de la revolución francesa, el poder político pretende expresar su legitimación a través de los cauces democrático-jurídicos, fundamentalmente constitucionales, aun cuando hay ciertos ejemplos anteriores. Así, el poder carismático, el de facto, el tradicionalista, han cedido paso, merced a las revoluciones, al poder político fundado en el Derecho aprobado por un parlamento o congreso. Derecho que paulatinamente tiende a ser la expresión del pueblo, señalado como fuente real del derecho y el poder.

Las revoluciones al triunfar, tras un breve lapso en tanto se consolidan, proceden a crear y legitimar un nuevo orden jurídico, generalmente a través de un poder Constituyente, y éste crea entre otras, nuevas instituciones jurídicas legalizadoras del nuevo régimen.

Por eso cuando se legitima un orden jurídico, también se está legitimando el poder que lo ampara. Mientras no exista esa legitimación estamos frente a una usurpación del poder político; los individuos se hallan sometidos a éste, no regulados por el Derecho.

16. El maestro Jorge Sánchez Azcona expresa que "al objetivarse las fuerzas sociales en el poder político, éste a su vez se debe someter al orden jurídico. El Derecho le da su forma, lo organiza, le da permanencia y le señala su finalidad.

Esta legitimación va íntimamente ligada al concepto que del valor justicia tengan los miembros de la comunidad, apreciación axiológica a la que el Derecho le da su expresión normativa.

Poder y orden jurídico dentro de una sociedad son conceptos recíprocos: el Derecho organiza y confirma, justifica al poder y a la vez éste le da su apoyo, su fuerza".(20)

El ejercicio institucionalizado del poder requiere una limitación que es lograda mediante el Derecho, de lo contrario no habría certidumbre jurídica, estabilidad social y toda actuación estaría sujeta al capricho, a la arbitrariedad y al uso constante de la fuerza, pero ningún poder puede basarse ad eternum en la pura fuerza. Con perspicacia, decía Talleyrand a Napoleón: "Con las bayonetas, sire, se puede hacer todo menos una cosa: sentarse sobre ellas".(21)

Un poder político, legitimado y limitado por el Derecho que actúa caprichosamente y en contra de las normas jurídicas formalmente limitativas y legitimadoras, es un poder arbitrario que tarde o temprano desaparecerá. El poder político legitimado y limitado por la norma sólo justifica su existencia si cumple con el Derecho y busca por todos los medios el bienestar de la población, es decir, realiza valores sociales.

Una acción del poder estatal que se despreocupa por el respeto a la norma hiere al ámbito social y se hiere a sí mismo.

Poder y Derecho son términos recíprocos, consustanciales. El Derecho justifica y estabiliza al poder, y éste, inspirado por la realidad social da vigencia y positividad a aquél. El poder político, sin el Derecho, es anarquía.

17. Freud expone en una de sus obras cómo surgen poder y Derecho, de la siguiente manera: "Como último rasgo de una cultura, pero sin duda no el menos importante, apreciaremos el modo en que se reglan los vínculos recíprocos entre los seres humanos: los vínculos sociales, que ellos entablan como vecinos, como dispensadores de ayuda, como objeto sexual de otra persona, como miembros de una familia o de un Estado. Es particularmente difícil librarse de determinadas demandas ideales en estos asuntos, y asir lo que es cultural en ellos. Acaso se puede empezar consignando que el elemento cultural está dado con el primer intento de regular estos vínculos sociales. De faltar ese intento, tales vínculos quedarían sometidos a la arbitrariedad del individuo, vale decir, el de mayor fuerza física los resolvería en el sentido de sus intereses y mociones pulsionales. Y nada cambiaría si este individuo se topara con otros aún más fuertes que él. La convivencia humana sólo se vuelve posible cuando se aglutina una mayoría más fuerte que los individuos aislados, y cohesionada frente a éstos. Ahora el poder de esta comunidad se contrapone, como "derecho" al poder del individuo, que es condenado como "violencia brutal". Esta sustitución del poder del individuo por el de la comunidad es el paso cultural decisivo. Su esencia consiste en que los miembros de la comunidad se limitan en sus posibilidades de satisfacción, en tanto que el individuo no conocía tal limitación. El siguiente requisito cultural es, entonces, la justicia, o sea, la seguridad de que el orden jurídico ya establecido no se quebrantará para favorecer a un individuo. Entiéndase que ello no decide sobre el valor ético de un derecho semejante. Desde este punto, el desarrollo cultural parece dirigirse a procurar que ese derecho deje de ser expresión de la voluntad de una comunidad restringida -casta, estrato de la población, etnia- que respecto de otras masas, acaso más vastas, volviera a comportarse como lo haría un individuo violento. El resultado último debe ser un derecho al que todos -al menos todos los capaces de vida comunitaria- hayan contribuido con el sacrificio de sus pulsiones y en la cual nadie -con la excepción ya mencionada- pueda resultar víctima de la violencia bruta".(22)

De acuerdo con Freud el poder estatal se impone no únicamente porque se apoya en un Derecho que lo legitima y que al final de cuentas no sería sino la codificación de la violencia, ya que los destinatarios de las normas a las cuales deben someterse llegan a obedecerlas, sin necesidad de utilizar a cada momento la coerción, en virtud de que los valores de la sociedad son internalizados en el individuo desde su infancia.

A través del complejo de Edipo el creador del psicoanálisis desglosa la forma en que el ser humano se autorreprime para no caer en conductas antisociales según el Derecho positivo.

Freud encuentra que la fortaleza con la que el poder nos contiene no está afuera sino sitiándonos desde dentro de nosotros mismos, instalada en el dominio llamado interior, organizando con su aparato de dominación nuestro propio "aparato psíquico". Es Freud quien va a tratar de mostrar de qué manera la historia está presente articulando y organizando ese "aparato psíquico", donde la sociedad se ha interiorizado hasta tal punto en el sujeto que éste aparezca congruentemente integrado dentro de la reproducción del sistema que lo produjo. Que funcione para él y de acuerdo con él.

La radicalidad del pensamiento de Freud consiste en este ir hasta el fundamento mismo del ser y nos lo muestra como producto de un orden cultural cuyo poder consiste precisamente en ocultar en el sujeto el lugar donde se implanta.

Controlada la agresión inata en el ser humano y que ahora se dirige contra el mismo, es la que utiliza el poder, el sistema exterior, y la aprovecha para mantenernos obedientes a él: utiliza para dominarnos nuestra propia fuerza. Para decirlo de otra manera: el sistema no utiliza sólo el poder de sus fuerzas para dominarnos, sino también las fuerzas de los dominados mismos.

Sin embargo esto no es absoluto, de ahí que el poder político del Estado tenga que recurrir al Derecho, a la educación, a la ideología, a los símbolos morales para mantener el control social y a la vez obtener consenso.

18. Siguiendo esta vertiente, Mills expresaba: "Los que ejercen autoridad intentan justificar su dominio sobre las instituciones vinculándose, como si fuera una consecuencia inevitable, a los símbolos morales en que generalmente se cree, con los emblemas sagrados, con las fórmulas legales. Las relaciones de esos símbolos con la estructura de las instituciones cuentan entre los problemas más importantes de la ciencia social. Pero esos símbolos no forman ninguna esfera autónoma dentro de una sociedad; su significación social está en su uso para justificar la organización del poder y las situaciones que dentro de ella ocupan los poderes, o para oponerse a ella. Su importancia psicológica está en el hecho de que se convierten en la base de la adhesión a la estructura del poder o de la oposición a ella".(23)

19. Cualesquiera que sean las formas de dominación, las técnicas y las instancias a que recurre el poder político estatal, éste siempre tenderá a legitimarse. Consecuentemente, el Derecho constituye el instrumento a través del cual el poder se organiza y se expresa cotidianamente en una colectividad. Todo poder político tiende a formalizarse en expresiones jurídicas a través de las cuales se asegura su permanencia y efectividad. Entre poder y Derecho, como lo apreciaba acertadamente Heller,(24) existe una relación dialéctica indisoluble, pues si, por una parte, el poder engendra al Derecho en el proceso regularizador de la relación mando-obediencia, también el Derecho genera poder desde el momento en que se constituye en el armazón que da vida a dicha relación, puesto que, identificada una posición de mando en la estructura jurídica, el individuo o grupo que en ella se colocan adquieren por virtud del Derecho la capacidad de poder que se asigna a tal posición.

Sobre dicha relación poder-derecho y su retroalimentación, nos dice Sánchez Azcona: "La relación entre poder, orden jurídico y fuerzas sociales no se da en un solo sentido, sino que hay una permanente retroalimentación pues a su vez el apoyo que el poder social le da al derecho no se limita al solo momento de su creación, sino que posteriormente se lo continuará; así persiste el carácter vigente del derecho. Sin ese sostén, el derecho se derrumbaría, perdería su vigencia; es ese apoyo real, efectivo, que recibe del poder lo que le permite su permanencia, su continuidad. Así pues, vemos que la base fundamental del Estado es la expresión del hecho constituyente, del poder predominante, objetivación de procesos sociales, pero no sólo eso, sino además la continuación del poder legitimado con los diferentes cambios que el derecho puede en un momento dado tener".(25)

20. Si tenemos en cuenta que el discurso jurídico por excelencia del poder político es el derecho constitucional que constituye la condición absoluta y la base misma del Estado, el derecho constitucional es además una de las condiciones claves para la comprensión de cualquier sistema jurídico positivo, es posible resaltar como ejemplo de la relación dialéctica poder-derecho y su retroalimentanción, el caso de México en donde se presenta una revolución, la de 1910-1917, que al triunfar accede al poder pero todavía bajo la vigencia de la Constitución de 1857 cuyas normas impedían la consolidación del poder revolucionario y llevar a la práctica los postulados políticos, económicos y sociales por los cuales se había luchado en el campo de batalla. Era necesario entonces una nueva Constitución que legitimara al nuevo régimen y a la vez fuera la base para emprender las grandes trasformaciones que requería la nación y el propio Estado. Así fue como surgió un nuevo Código Fundamental en 1917, del cual se ha partido a fin de crear un sistema jurídico acorde con las necesidades de la sociedad y que ha venido retroalimetándose mediante reformas y nuevas leyes que le presten legitimidad al poder político actualmente en ejercicio.

Conclusiones

a) El poder es un fenómeno producto de las relaciones sociales, principalmente de clase;

b) La historicidad es la primera característica del poder; por lo tanto debe estudiarse conforme se presenta en cada modo de producción;

c) El ejercicio del poder no existe de manera pura ya que se entrecruzan diversas modalidades de poder;

d) El poder es un discurso fundamentalmente político y es el que interesa principalmente a la ciencia política;

e) El poder político no sólo es poder estatal sino también existen espacios sociales políticamente organizados;

f) La legitimación del poder es "condictio sine qua non" para garantizar su permanencia y a la vez formalizar su organización;

g) Poder y Derecho es un binomio en el cual se establece una relación dialéctica que permite la mutua retroalimentación;

h) El Derecho es un instrumento fundamental para el poder estatal a fin de evitar la anarquía, e

i) El poder político debe realizar valores sociales a fin de obtener consenso de la sociedad.

Bibliografía

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Notas

1. Roger Bartra, «Las redes imaginarias del poder político», p. 20.

2. Cit. por Bartra, ob. cit., p. 19.

3. Karl Deutsch, «Política y gobierno», p. 42.

4. Eduardo Andrade Sánchez, «Introducción a la ciencia política», p. 65-66.

5. Cit. por Héctor González Uribe, «Teoría política», p. 360.

6. José Ortega y Gasset, «Obras completas», t. III, p. 266.

7. Marx Weber, «Economía y sociedad», vol. I, p. 43.

8. Ídem, p. 43 y 44.

9. Ibídem, p. 172, 173 y s.

10. Cit. por Gilberto Giménez, «Poder, Estado y discurso», p. 13 y s.

11. Véase Roger Bartra, ob. cit., 19 y s.

12. Lucio Mendieta y Núñez, «Sociología del poder», p. 21.

13. Cit. por Roger Bartra, ob. cit., p. 66.

14. Cit. por Jorge Sánchez Azcona, «Derecho, poder y marxismo», p. 75.

15. Carlos Marx, «Manuscritos económicos y filosóficos», p. 123.

16. Ídem, p. 125.

17. V. I. Lenin, «Sobre el Estado», p. 11.

18. Ver Gilberto Giménez, ob. cit., p. 21.

19. Luis Recasens Siches, «Filosofía del Derecho», p. 390.

20. Jorge Sánchez Azcona, «Derecho, poder y marxismo», p. 203.

21. Luis Recasens Siches, «Filosofía del Derecho», p. 390.

22. Sigmund Freud et al., «A medio siglo del "Malestar en la cultura"», p. 58.

23. Cit. por Jorge Sánchez Azcona, «¿Hacia dónde va la democracia?», p. 66.

24. Hermann Heller, «Teoría del Estado», p. 209.

25. Jorge Sánchez Azcona, «Normatividad social», p. 134.